No es ninguna novedad, porque lo grité a los 4 vientos, que mi primera semana de vacaciones la iba a pasar en Menorca. Como ya dije, es una de mis islas favoritas (aunque ahora, tras cabo verde, ha pasado a un segundo plano), porque combina a la perfección playa y descanso, dos de mis hobbies favoritos. Pues bien, pa’llá que nos encaminamos Alberto y yo el día 29. Con un madrugón que sólo se digiere si el destino final no es la oficina, llegamos a la isla para pasar unos días de lo más relajado, aunque eso sí, con alguna sorpresita no tan ‘agradable’ como cabía esperar.
Lo peor de todo fue, sin duda, el hotel. Aunque en la agencia nos habían dicho que iba a estar muy bien, fue una sorpresa encontrarnos ante un edificio ‘poco’ (por no decir nada) moderno y totalmente descuidado. A Alfredo Landa le hubiera parecido de lo más ‘fashion’, pero a nosotros nos decepcionó, ya que las habitaciones no tenían ni aire acondicionado, ni cama de matrimonio, ni una bañera gigante, ni siquiera vistas al mar. Tuvimos que aguantar como pudimos una de las semanas más calurosas del año en la sauna de nuestra habitación, que eso sí, cafetera sí tenía (que detalle más curioso!?!?). Al final, acabamos bromeando con ello y se convirtió en una anécdota más del viaje. El resto estuvo muy bien. Hicimos 750km, lo que significa que nos recorrimos la isla de norte a sur y de este a oeste (poco mérito si tenemos en cuenta que hay 40Km de punta a punta). Estuvimos en cala Pregonda, cala Algaiarens, cala Macarella, cala Galdana, Son Bou, Son Saura, Punta Prima y cala Mesquida. Nos dimos paseos por Ciutadella, Mahón y Es Castell, visitamos el mercadillo de Alaior, nos tomamos la copa de rigor en les Coves d’en Xoroi y compramos las tradicionales abarques. Cumplimos con todos los pendientes pero en un ambiente de tranquilidad que me dejó como nueva. Así que, ¡misión cumplida!
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