Ya estoy de vuelta de mi tour por Roma que, desde que ahora, ocupa el número 1 del ranking "la ciudad más bonita que conozco"(y mira que conozco ciudades, jejejejejeje). He vuelto enamorada de esta ciudad, de sus calles, sus paisajes, su encanto, su comida... a los que ya la conozcais, creo que no voy a descubriros nada nuevo, y a los que no, sólo avisaros de que os estáis perdiendo una auténtica joya... he sufrido algo parecido al síndrome stendhal...
La llegada a esta bella ciudad, sin embargo, no fue un camino de rosas, sino más bien algo "traumática". Salimos el viernes de casa con la hora pegada en el culo y llegamos al aeropuerto con el tiempo justo de sacar las tarjetas de embarque y pasar el control. No habíamos podido hacerlo antes por un problema informático, así que nos tocó hacer cola. Cuando llegamos al mostrador, yo vivía feliz en mi ignorancia, pero lo cierto es que no tardé mucho en darme cuenta de que el feliciano de Alberto se había plantado en el aeropuerto sin un objeto imprescindible: el DNI. Lo intentó por todos los medios con el carné de conducir, pero todos los intentos fueron fallidos. Así que allí me encontraba yo, en el aeropuerto, y de repente, sola. Alberto se cogió un taxi de nuevo para casa y yo, con mi disgusto, cogí el vuelo hacia la ciudad eterna. Por suerte, en el avión se sentó a mi lado un chico muy amable (que nadie piense mal), que me indicó como llegar al centro y se vino conmigo hasta el metro. Cogimos el tren, y el metro, y me bajé en la estación de Barberini, a unos 10 minutos del hotel. También tuve suerte de llevar conmigo un mapa de la ciudad, así que no me fue difícil moverme. Así que con mi mochililla y mi mapa me puse a andar hasta llegar al panteón. Cuando llegué, me quedé sin palabras: me pareció simplemente espectacular, no era capaz ni de decir nada. Allí me quedé, durante unos minutos, contemplándolo. Llegar al hotel ya no me costó, estaba muy céntrico. Así que llegué, deje las cosillas en la habitación, y me fui a cenar: porción de pizza, libro de Roma en mano, y a sentarme en la fuente frente al panteón. ¡A disfrutar de las vistas!
Por la mañana, llegaba Alberto en otro avión a las 10h, así que me levanté, desayuné tranquilamente, me calzé mis mejores zapatillas y a patear por la ciudad. Del panteón a la Fontana de Trevi (indescriptible), de la Fontana al mercado trajano, y de ahí por las callejuelas hasta Termini, la estación central. Me encontré de nuevo con Alberto, y tras mezclar los abrazos con las collejas, me dispuse a enseñarle Roma. ¡Menudo regalo de cumpleaños! Llegamos al hotel, dejó también sus trastos, y en marcha: Piazza Navona, Castillo de Sant Angelo, Piazza del Popolo, Piazza di Spagna, Via del Corso en mil direcciones (aguita con los establecimientos: D&G, YSL, Gucci, etc.). Por la tarde, después de una buena siesta, heladito de camino al Campo di Fiori, y Trastevere. Cenamos cerca del Panteón y después tocó un paseo hasta la Fontana.
El domingo, día de mi cumple, fue también un buen día. Con un calor típico del mes de agosto, dedicamos la mañana a visitar el Coliseo y el foro romano, el circo máximo, el mercado trajano y el resto de ruinas del imperio romano. Había gente por todas partes, pero logramos hacer unas buenas fotos y visitar todos los rincones de la zona. Luego estuvimos en la Bocca della Veritá y de nuevo en el trastevere, hasta que decidimos subir un poco más alto y llegar a lo alto del Monte Gianicolo, desde donde las vistas merecen mucho la pena. Luego bajamos de nuevo al Campo di Fiore, comidita para reponer fuerzas, siestecilla y por la tarde de nuevo al coliseo, a sacar unas fotos del monumento de noche. Tengo que agradeceros todos los mensajes de felicitación que recibí, me hicieron mucha ilusión. Por la noche, alberto me invitó a cenar, con pasta, velas y vino... romantiquíssimoooo
Y el lunes, ya último día de visita por la capital italiana, tocó el Vaticano. Estuvimos en la catedral de San Pedro y en lo alto de la cúpula (más de 500 escalones a pie y algunos tramos bastante claustrofóbicos, por cierto). Pudimos divisar toda la ciudad de Roma, centro y alrededores, y hacernos una idea de lo grande que es. Luego, con el modo 'maratón' puesto, nos acercamos hasta los Museos Vaticanos, por el capricho de conocer en vivo y en directo La Capilla Sixtina. Costó encontrarla, pero mereció la pena, incluso aunque no nos la dejarán inmortalizar para la posteridad. Sin casi fuerzas logramos llegar con el metro a la estación de Termini, comer algo para reponernos y tomar un tren hasta Fuimicino. No hace ni un día que estoy de vuelta, y ya empiezo a pensar en mi próximo viaje... a Roma, claro está. He vuelto a enamorarme.